Hay una imagen de Andreas Almgren que me gusta más que cualquiera de sus récords. No aparece corriendo.
No está en una pista, ni levantando los brazos después de ganar una medalla, ni siquiera en aquella recta de Copenhague en la que el pasado domingo se proclamó campeón del mundo de medio maratón. Está sentado sobre una bicicleta estática, lesionado, viendo por televisión la final de 1.500 metros del Campeonato del Mundo de Doha 2019.
En la pantalla corre su amigo Kalle Berglund.
Almgren lleva meses sin poder correr con normalidad. Una fractura por estrés en el sacro le ha vuelto a dejar fuera. Antes habían llegado otras lesiones, entre ellas una fractura del escafoides. Son ya varios años entrando y saliendo de la pista, intentando recuperar un cuerpo que no termina de responder.
Berglund, mientras tanto, está corriendo una final mundial de 1.500 metros.
Almgren mira la carrera y se fija en otra cosa. El sueco está utilizando el sistema de doble umbral que los noruegos han empezado a convertir en una especie de religión para el fondo. Dos sesiones de calidad el mismo día, mucho trabajo alrededor del umbral de lactato, mucha carrera y, sobre todo, la capacidad de acumular kilómetros sin convertir cada entrenamiento en una guerra.
Almgren toma nota.
Puede que ésta sea una de esas pequeñas escenas que pasan desapercibidas cuando ocurren y que sólo adquieren importancia unos años después. Como cuando uno encuentra una vieja fotografía y descubre, con el tiempo, que aquel día aparentemente cualquiera era el comienzo de algo.
Porque Almgren cambió de distancia. Y después volvió a cambiar.
Y otra vez.
Hasta llegar al maratón.
Pero para entender por qué un corredor que llegó a ser internacional en 800 metros ha terminado preparando el Maratón de Nueva York hay que retroceder bastante más.
Almgren nació en Sollentuna, al norte de Estocolmo, y durante su adolescencia jugó al fútbol. Era lateral en las categorías del AIK, uno de los grandes clubes suecos. No empezó a dedicarse al atletismo a tiempo completo hasta los 18 años, cuando las lesiones terminaron apartándole definitivamente del fútbol. Curiosamente, quizá el fútbol tuvo algo que ver con el corredor que sería después. Su ídolo era Wilson
Kipketer, aquel danés de origen keniano que dominó los 800 metros en los años noventa y que llegó a correr 1:41.11, una marca que durante mucho tiempo parecía escrita en piedra.
Almgren también quería correr rápido.
En 2014, con 19 años, fue tercero en los Mundiales júnior de Eugene. Corrió 1:45.65 en los 800 metros. Un año después, en Sollentuna, bajó hasta 1:45.59.
Para entender lo que significaba aquel tiempo basta con recordar que Almgren todavía no había cumplido veinte años.
Era un ochocentista. Uno de verdad.
Dos vueltas a la pista, una primera vuelta que se puede pasar en torno a los 51 segundos y una segunda en la que el ácido láctico parece subir hasta las orejas. Una distancia en la que el corredor necesita tener velocidad de un cuatrocentista y, al mismo tiempo, suficiente resistencia para que esa velocidad no desaparezca en los últimos 200 metros.
Entonces llegó lo que muchas veces llega en la vida de un deportista y que desde fuera sólo llamamos «lesiones», como si esa palabra explicase algo.
Cuatro años.
Cuatro años en los que Almgren corrió mucho menos de lo que entrenó, pasó por rehabilitaciones, volvió a empezar y tuvo que parar otra vez.
En el deporte profesional cuatro años son una barbaridad. En cuatro años cambian los campeones, aparecen nuevos atletas y desaparecen otros. Una generación entera puede entrar y salir de un campeonato.
Almgren estaba sentado en una bicicleta.
Y entonces apareció Kalle Berglund en aquella televisión de Doha. Quizá aquella tarde empezó todo.
No porque descubriera de repente que podía ser fondista. Probablemente ni siquiera lo pensaba. Simplemente encontró una forma de entrenar que podía adaptarse a su situación y empezó a probarla.
Después llegaron los kilómetros. Muchos.
Primero alrededor de 140 o 150 semanales. Más adelante 160. Después 180. Ahora, durante determinados periodos de preparación, puede superar los 200 kilómetros en siete días.
Es una cifra que cuesta imaginar cuando uno sabe que el atleta que tenemos delante fue campeón mundial júnior de 800 metros.
Los martes y jueves aparecen las dobles sesiones de umbral. El sábado llega otro entrenamiento importante. El domingo, la tirada larga. Y en medio de todo eso, kilómetros fáciles, técnica, fuerza, progresivos y recuperación.
No parece el entrenamiento de un ochocentista. Porque ya no lo es.
Lo curioso es que Almgren no perdió aquello que tenía cuando corría 800 metros. Se llevó la velocidad consigo.
En 2023 corrió 3:32.00 en 1.500 metros. En 2025 bajó hasta 12:44.27 en 5.000, récord de Europa. Este año ha corrido 7:26.48 en 3.000 y 26:45 en 10 kilómetros. Su marca de 10.000 sigue siendo 26:52.87, conseguida en California en 2024.
Son números que, puestos uno detrás de otro, parecen pertenecer a varios corredores diferentes.
No lo son.
Es el mismo.
Y quizá ahí esté la parte más interesante de Almgren: no ha ido sustituyendo velocidad por resistencia a medida que aumentaba la distancia. Ha ido acumulando una cosa encima de la otra.
Como si en lugar de desmontar un coche para construir otro hubiese decidido añadirle piezas hasta comprobar cuánto podía soportar.
En agosto ganó en Birmingham el Campeonato de Europa de 10.000 metros. El ritmo de la carrera fue suyo durante buena parte de la parte decisiva. No esperó a que otros resolvieran el campeonato por él. Tomó el mando y terminó ganando con 27:23.44, récord de los campeonatos.
Y entonces quedaba la carretera.
El año pasado, en Valencia, ya había hecho algo que parecía casi una broma para un hombre que había sido corredor de 800: 58:41 en medio maratón. Fue el primer europeo en bajar de 59 minutos.
Este año, en Copenhague, ha ido bastante más lejos.
El domingo 20 de septiembre, en el Campeonato del Mundo de Ruta, Almgren corrió 58:06. Nicholas Kipkorir llegó cinco segundos después y Joshua Cheptegei, uno de los mejores atletas de la historia de 5.000 y 10.000 metros, fue tercero con 58:26.
Almgren esperó.
No intentó ganar la carrera desde lejos. Permaneció con Kipkorir, dejó que los kilómetros pasaran y guardó algo para el final. Cuando llegó el momento de acelerar, volvió a aparecer aquel muchacho de los 800 metros.
Cinco segundos. Campeón del mundo. Récord de Europa.
Noveno de todos los tiempos.
Y si alguien todavía tenía alguna duda sobre la dirección que había tomado su carrera, sólo tuvo que escucharle después de cruzar la meta.
Diez años antes, dijo, bromeaban con que quizá algún día podría correr un 5K.
Ahora era campeón del mundo de medio maratón y dentro de unas semanas iba a correr su primer maratón.
El atletismo tiene estas cosas.
Uno empieza corriendo dos vueltas y acaba pensando en 42 kilómetros.
A mí me recuerda un poco a aquellas historias en las que el protagonista descubre que su vida estaba tomando otra dirección mientras él estaba ocupado intentando solucionar un problema diferente. Como en El increíble hombre menguante, aunque aquí sucede lo contrario: Almgren no se ha ido haciendo pequeño, sino que ha ido ampliando la distancia hasta convertirse en un corredor que hace unos años habría resultado difícil de imaginar.
Y ahora aparece Nueva York. No Valencia.
Nueva York.
La elección también tiene su pequeña historia.
Almgren viajó a Nueva York el año pasado. Quería conocer la carrera antes de correrla. Estuvo allí durante el maratón y llegó incluso a asistir a la reunión técnica. Observó cómo funcionaba todo, vio la llegada de los corredores y se llevó una impresión que terminó convirtiéndose en una decisión.
Quería debutar allí.
No parece la elección más cómoda para alguien que nunca ha corrido un maratón.
Pero quizá sea precisamente por eso. Nueva York tampoco le va a regalar nada.
Benson Kipruto estará en la salida para defender el título que ganó el año pasado por sólo tres centésimas, en la llegada más apretada de la historia de la carrera. También estarán Geoffrey Kamworor y Abdi Nageeye, antiguos ganadores en Nueva York; Deresa Geleta, segundo en Tokio y con 2:02:38; CyBrian Kotut, 2:03:22; Zouhair Talbi, 2:03:45; Iliass Aouani, plusmarquista italiano; Conner Mantz, Kengo Suzuki, Yemaneberhan Crippa, Edward Cheserek y Patrick Dever, entre otros. Es un grupo en el que aparecen varios campeones de grandes maratones y hombres que llevan años aprendiendo los pequeños secretos de una distancia que no perdona.
Y aquí está la contradicción que hace que el debut de Almgren resulte tan atractivo.
Si la carrera fuese un 800, probablemente nadie de ese grupo querría encontrarse con él. Si fuese un 1.500, tampoco.
Y en 5.000 metros sus 12:44.27 están muy por encima de las marcas de la mayoría de los hombres que estarán en Nueva York.
Pero el domingo 1 de noviembre no habrá una campana sonando para anunciar la última vuelta.
Habrá 42 kilómetros y 195 metros.
Kipruto sabe ganar un Major. Kamworor ha ganado dos veces Nueva York y ha sido campeón mundial de medio maratón. Nageeye también conoce perfectamente estas calles. Conner Mantz ya ha corrido 2:04:43. Crippa, quizá el que más se parece a Almgren por esa mezcla de pista y ruta, posee el récord italiano de varias distancias y ya sabe lo que significa correr un maratón en 2:05:18.
Almgren no tiene marca de maratón. No tiene ni una.
Y eso es quizá lo que más me interesa.
Porque todos sus números anteriores sirven para imaginar lo que puede ocurrir, pero ninguno responde a la pregunta realmente importante.
¿Qué hará su cuerpo después de dos horas?
Hasta ahora siempre ha ocurrido algo parecido. Cuando parecía que una distancia podía ser demasiado larga, Almgren la probaba y descubría que podía correrla más rápido de lo esperado.
800.
1.500.
5.000.
10.000.
10 kilómetros en ruta. Media maratón.
Ahora queda el maratón. Y el maratón es otra cosa.
Puedes tener un VO₂max extraordinario, una economía de carrera magnífica, un umbral de lactato altísimo y una capacidad aeróbica que asusta. Puedes hacer 200 kilómetros semanales. Puedes correr 30 kilómetros un domingo por la mañana y levantarte al día siguiente para volver a entrenar.
Pero llega un momento en el que la fisiología deja de ser una colección de números y se convierte en una conversación bastante más incómoda entre la cabeza y las piernas.
Ese momento suele aparecer por el kilómetro 30. O por el 35.
O cuando Central Park todavía parece demasiado lejos. Entonces ya no sirve recordar que tienes 1:45 en 800. Ni 3:32 en 1.500.
Ni 12:44 en 5.000.
Sirve haber aprendido a sufrir.
Y Almgren lleva unos cuantos años aprendiendo.
Quizá por eso me interesa tanto aquella fotografía que no existe: la del corredor sentado en una bicicleta estática en 2019, mirando una pantalla mientras su amigo Kalle Berglund corría una final mundial.
Almgren no podía correr.
Hoy es campeón del mundo de medio maratón.
Dentro de poco estará en Staten Island esperando el cañonazo de salida del Maratón de Nueva York.
El resto de la historia todavía no está escrita. Y eso, después de todos sus récords, es probablemente lo más interesante de Andreas Almgren.



























































