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Qué hay detrás del “escucha a tu cuerpo”

Running y salud mental

Hay una frase que se repite constantemente en el mundo del deporte: “escucha a tu cuerpo”. Se pronuncia como si fuera una verdad evidente, casi como un consejo universal que nadie debería cuestionar. Pero, cuando uno se detiene a pensar en ella, o peor aún, cuando intenta aplicarla de forma literal. aparece una paradoja.

Porque si realmente escucháramos a nuestro ¿cuántas cosas haríamos? Probablemente muy pocas.

El cuerpo humano, en su forma más primitiva, está diseñado para evitar el esfuerzo innecesario. Busca ahorrar energía, evitar el dolor y mantener el equilibrio. Si pudiera votar, seguramente elegiría la comodidad casi siempre: quedarse en la cama un poco más, evitar la lluvia, saltarse el entrenamiento cuando las piernas pesan o cuando el cansancio del trabajo aparece.

Y entonces aparece el corredor.

El corredor sale a correr incluso cuando no tiene ganas. Cuando los primeros minutos duelen. Cuando los tobillos están rígidos, cuando los pies protestan o cuando la mente repite una pregunta incómoda: ¿por qué estoy haciendo esto?

Muchos corredores reconocen una especie de ritual: los primeros diez minutos sirven para negociar. Para ver si el malestar se transforma en ritmo. A veces mejora. A veces no. Pero casi nunca empieza siendo fácil.

Así que la pregunta vuelve a aparecer: ¿por qué seguimos corriendo?

Tal vez porque la relación entre la mente y el cuerpo no es una relación de obediencia, sino de diálogo. El problema es que ese diálogo no es claro. El cuerpo envía señales que pueden significar muchas cosas: fatiga, adaptación, lesión, simple pereza, estrés acumulado o incluso aburrimiento.

El corredor vive constantemente en esa zona gris.

Escuchar al cuerpo no significa necesariamente obedecerlo. Significa tenerlo en cuenta. Igual que escuchar a una persona no implica hacer exactamente lo que dice. A veces el cuerpo exagera; otras veces advierte algo importante demasiado tarde.

Lo curioso es que, en muchos casos, el placer de correr no aparece durante la carrera. Aparece después. En la ducha. En la calma posterior. En la sensación de haber cumplido algo que, minutos antes, parecía innecesario. Como si el cuerpo protestara durante el proceso, pero luego reconociera que valió la pena.

Y quizá ahí está la verdadera pregunta que casi nadie responde: ¿corremos porque nos hace sentir bien… o porque nos gusta la sensación de haber corrido?

También hay otro problema. Cuando correr empieza a parecerse a una obligación, porque siente que debe hacerlo. Como si saltarse un entrenamiento fuera una derrota.

¿En qué momento escuchar al cuerpo se convierte en rendirse?
¿Y en qué momento ignorarlo se convierte en una forma lenta de romperlo?

Quizá nadie tiene una respuesta clara porque correr, en el fondo, nunca ha sido una actividad completamente racional. Es repetitiva, a veces incómoda, muchas veces solitaria. Y aun así millones de personas siguen haciéndolo.

Porque correr no es solo un ejercicio físico. Es una conversación constante entre lo que queremos ser y lo que nuestro cuerpo está dispuesto a hacer.

Y esa conversación nunca termina…

Por eso la frase “escucha a tu cuerpo” puede ser tanto el mejor consejo como el más inútil. Porque al final queda una pregunta que ningún entrenador, médico o corredor puede responder por nosotros:

Si mañana tu cuerpo te dijera que no corras…
¿lo escucharías?


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