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Correr como forma de (auto)transporte. El run commuting

La vida no te deja entrenar… hasta que decides entrenar en la vida

No sé en qué momento exactamente me pasó, pero hubo un día en el que correr y entrenar dejó de tener un “espacio propio sagrado” y se convirtió en un “sálvese quien pueda”.

Como cuando alguien de fuera de este mundillo te pregunta sorprendida “¿y tienes una hora para correr cada día?” y tú respondes con esa risa corta de adulto perfectamente funcional: “Lo intento”.

La trampa es que no los tienes. Y eso no va a cambiar. Lo que sí cambia es lo que estás obligado a hacer: ir a buscar un dorsal cruzando toda la ciudad, ir a casa de tu padre a comer, devolver un regalo que no era tu talla, llegar al punto de entreno del BCTEAMLa vida es una lista interminable de desplazamientos.

Y, de repente, alguien dentro de mi (el atleta que era antes a lo mejor) me susurró una pregunta:“¿Y si voy corriendo?”.

La primera vez pudo ser por necesidad. Por falta de tiempo. Por orgullo. Por esa mezcla rara de “no me da la vida” y “me niego a renunciar”.  Sales a la calle con una mochila que no termina de encajar (ahora ya existen los cinturones de correr y las super mochilas de trail), y piensas: vale, solo hoy. Y lo que ocurre es que, en cuanto el cuerpo se pone en modo rodaje, todo lo demás se recoloca.

El trayecto corriendo deja de ser un trámite y empieza a ser otra cosa: un espacio propio. Está claro que no es un entrenamiento “serio” con sus zonas y sus ritmos, sino algo más útil, más honesto. Correr para llegar. Correr para estar. Correr porque la vida sigue, pero tú también.

La ruta al dorsal: la peregrinación moderna

Hay una escena que se repite muchos fines de semana: la gente va a buscar el dorsal como quien va a por pan. Aparca, hace cola, recoge bolsa, vuelve. Fin.

Y luego estás tú, que te dá muuucha pereza.

Una idea, ir corriendo hacia el lugar de recogida. Llegas con esa ilusión de sumar algún kilómetro de más y te pones en la cola todavía con el pulso alegre, y recoges la bolsa con la misma normalidad que los otros.

La vuelta, eso sí, tiene su punto: te libras de lo innecesario en la bolsa del corredor, y el resto, botando dentro de la mochila. El sonido de todo, el roce de la mochila, la sensación de que vas haciendo un poco el ridículo… pero a la vez vas contento por estar “aprovechando” el viaje.

Ir a entrenar… corriendo

Lo normal es ir a entrenar como quien se desplaza a una oficina: metro, coche, aparcamiento, calentamiento…

Pero cuando corres como transporte, el calentamiento ya no existe porque tú ya estás dentro. Vas hacia el punto de encuentro corriendo, llegas, haces la parte central con el grupo de running, y luego vuelves corriendo.

No es que seas más disciplinado, es que has aprendido a hacer trampa para ganar tiempo (si no lo tienes).

La comida familiar interurbana 

Luego está el siguiente nivel: cuando un desplazamiento deja de ser urbano y se convierte en relato. Eso de “ir a casa de mi padre a comer” pero con un pequeño matiz: viven en otra localidad.

Ese día, la gente de la familia lo cuenta como una anécdota. Tú lo vives con normalidad absoluta: salir temprano, ritmo fácil, carretera o camino, esa sensación de ir saliendo de tu zona habitual, otro municipio, otra vida… y llegar con la sonrisa del que trae un secreto bien guardado.

La comida sabe diferente cuando has llegado con kilómetros en las piernas. No porque te la merezcas. Sino porque vienes con el cerebro limpio, la ansiedad bajada, el cuerpo en su sitio (y va de perlas según que comida).

Y esa escena, la de sentarte a la mesa después de haber corrido hasta allí, tiene algo de victoria muy íntima: has encontrado tiempo donde no lo había.

Devolver regalos como si fueran series

Y luego está lo más absurdo (y reconozco que lo he hecho): correr para hacer “recados” que podrían hacerse andando, o en coche, o “ya otro día”. Como por ejemplo puede ser cambiar regalos.

Pero tú lo haces corriendo porque has descubierto el truco: el running no solo encaja en tu agenda. La agenda se convierte en excusa para correr.

Es el momento en el que el deporte deja de ser una actividad separada de tu vida y pasa a ser una forma de vivirla.

Una manera de estar en la ciudad. De atravesarla. De relacionarte con las distancias.

Sudor, mochila y la típica mirada

No todo es tan poético, claro. Sudor, encajar todo en mochilas que no reboten como si tuvieran vida propia, el clima y la ropa que tienes que llevar, los semáforos que parecen programados para fastidiarte…

Y luego la mirada del ciudadano normal cuando te ve entrar en un sitio con cara de “vengo corriendo” y una bolsa rara colgando. Esa mezcla de “¿este friki de qué va?”.

Pero tú ya no puedes volver atrás, porque has probado algo adictivo: correr no como entrenamiento, sino como herramienta.

El verdadero cambio

Al final, todo se resume en una pregunta simple. Una que, cuando la adoptas, lo cambia todo:

“¿Puedo ir corriendo?”

No siempre la respuesta es sí. Ni falta que hace. Pero cuando lo es, cuando encaja, cuando lo pruebas y funciona… el running deja de necesitar un hueco. Porque ya está dentro del día. Camuflado. Integrado.

Como un pequeño acto de rebeldía contra el reloj.


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