El Maratón de París que se celebra este fin de semana ha decidido “salvar el planeta”. O al menos, intentarlo… siempre y cuando no afecte a los corredores más rápidos.
La organización ha eliminado los vasos de papel y las botellas de plástico en los avituallamientos, obligando a miles de participantes a correr con su propio sistema de hidratación. Pero, en un giro, ha introducido una excepción: quienes aspiren a bajar de 2 horas y 50 minutos sí tendrán acceso a un avituallamiento tradicional, con bidones preparados.
Una “revolución ecológica” con letra pequeña
La medida fue anunciada meses atrás como un cambio histórico: eliminar completamente los envases desechables en una carrera de más de 50.000 corredores. Sobre el papel, una apuesta ambiciosa.
En la práctica, el resultado es otro: la mayoría deberá cargar con soft flasks, vasos plegables o mochilas de hidratación, detenerse en los puntos de agua, buscar espacio, rellenar… y perder tiempo.
Mientras tanto, un grupo reducido, unos pocos cientos, dispondrá de botellas listas para recoger y seguir corriendo sin interrupciones.
El argumento que desmonta la propia norma

La organización justifica esta excepción por motivos de rendimiento: a ritmos cercanos a 4 minutos por kilómetro, cualquier interrupción puede arruinar una marca.
Además, desde la organización se insiste en que gestionar bidones reutilizables para unos cientos de corredores es viable, pero no para decenas de miles.
Esta explicación no ha convencido a buena parte de la comunidad runner, que ve en la medida más una decisión estética que una solución real. El ahorro ambiental estimado, equivalente a las emisiones de unos pocos vuelos, se percibe como insignificante frente al impacto global del evento. Y, sobre todo, insuficiente para justificar un cambio que altera la experiencia básica de carrera.


























































